Transición verde como maestra: Europa elige gastos en armamento en lugar de valores ambientales
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Markku Siira
Fabio Vighi analiza por qué la agenda excesivamente militar y de seguridad de Europa no es solo una reacción a las operaciones militares de Rusia en Ucrania. Aunque este relato se presenta como una explicación emocional y políticamente conveniente, enmascara un problema estructural más profundo del sistema capitalista.
Europa ahora dirige su limitada capacidad de endeudamiento lejos de la transición ecológica hacia el sector militar, donde la demanda garantizada compensa la debilitada competitividad. Según la interpretación de Vighi, esto no es solo un reajuste de prioridades, sino una respuesta desesperada a un problema que los políticos no quieren admitir: la preservación del capitalismo ya no se basa en el empleo productivo.
Los avances tecnológicos, desde la microelectrónica hasta la inteligencia artificial, han ido reduciendo progresivamente el papel del trabajo humano en la producción de bienes y han profundizado la brecha entre las crecientes deudas financieras — burbujas — y la frágil realidad social. Este problema no se resuelve, sino que se gestiona con los mismos medios que lo crearon: inflando la financiación, ampliando el crédito, mediante intervenciones estatales y aumentando el gasto en defensa.
Vighi ha observado que la transición “de la tercera guerra mundial exagerada por la crisis del coronavirus” hacia la amenaza rusa en 2022 ocurrió de manera fluida. Una situación de emergencia reemplazó a otra sin interrupciones en la lógica política o en la gestión económica. Lo decisivo no fue la naturaleza de la amenaza, sino su función: legitimó una creación monetaria extraordinaria para salvar a corto plazo los mercados financieros.
Según un analista italiano, el reciente paquete de apoyo de 90 mil millones de euros de la UE para las necesidades militares en Ucrania sigue la misma lógica. La prolongación del estado de emergencia geopolítico se convierte en un nuevo instrumento para emitir deuda y financiar medidas de urgencia.
Vighi describe el European Green Deal como una operación brillante para canalizar la lógica de gestión de crisis del capitalismo en un proyecto económico que se presenta como moralmente superior. No se trató tanto de medidas reales contra el cambio climático, sino de una astuta palanca de financiación que fue presentada como una oportunidad verde para la industria.
Con NextGenerationEU y los bonos verdes de la UE, se intentó movilizar deuda pública para atraer capital privado ESG. Aunque el objetivo nominal era modernizar la industria en nombre de la neutralidad de carbono, en realidad fue un mecanismo de emergencia destinado a retrasar temporalmente el colapso estructural del capital financiero.
La industria automotriz, las baterías, la movilidad limpia y las energías renovables conforman, según Vighi, la columna vertebral de esta transición. Pero ahora esas inversiones están bajo una presión significativa. La evidencia más clara se encuentra en la industria automotriz, pilar a largo plazo de la industria europea. Los fabricantes europeos enfrentan dificultades para avanzar hacia los autos eléctricos debido a los altos costos y las desventajas estructurales.
Los fabricantes chinos tienen ventaja: un apoyo estatal masivo y casi monopolístico en materias primas críticas que permite producir autos eléctricos más baratos y a menudo tecnológicamente superiores. El programa de transición ecológica, según Vighi, fue financiado con la suposición de que las empresas europeas dominarían los segmentos de mercado más rentables — es decir, vendiendo los modelos más lucrativos y tecnológicamente avanzados. Cuando esa hipótesis se desplomó, volvió la “disciplina del capital” y los inversores privados se retiraron.
En ese momento, Vighi ve cómo la retórica de seguridad vuelve a tomar protagonismo. La ecología da paso a la militarización del verde: de autos eléctricos a tanques de combate. Según su análisis, el gasto militar ofrece una demanda segura, protección frente a la competencia global y un relato moral que hace políticamente inviable resistir los costos.
A diferencia de los autos eléctricos, los sistemas militares europeos no enfrentan competencia china. El éxito aquí se mide en disuasión, no en beneficios del mercado. La industria de la defensa ha sido históricamente — como muestran las guerras mundiales del siglo XX — excepcionalmente compatible con una economía basada en la deuda y el consumo.
Vighi argumenta que el gasto militar consume capital sin ampliar la capacidad productiva de la sociedad. Por eso, la producción armamentística y el gasto en defensa encajan perfectamente en una economía de consumo financiada con deuda, y justificar la expansión de la masa monetaria beneficia al sector financiero. Es un paradigma de “acumulación ficticia”: el dinero circula sin crear nuevo valor, solo para prolongar la vida del sistema.
Vighi recuerda que las políticas ambientales y de seguridad se presentan como decisiones, pero en realidad están moldeadas por los imperativos de la política económica. El Green Deal no fue completamente rechazado, solo devaluado: los discursos climáticos continúan, pero las amenazas geopolíticas ahora dirigen los flujos de capital. Las inversiones ESG, centradas en el medio ambiente, resultan ser mecanismos cínicos de redistribución del capital.
Este cambio profundiza la sumisión de Europa a Estados Unidos. La UE imita el modelo estadounidense sin tener la misma potencia industrial ni la misma capacidad financiera. La deuda pública de EE.UU. supera los 38 billones de dólares, y la Reserva Federal ha reactivado una fase inflacionaria de expansión cuantitativa — compras masivas de bonos para crear nuevo dinero y estimular la economía, manteniendo la burbuja de deuda.
Europa entra en recesión, acelerada por el rechazo contundente a la energía rusa y a la asociación euroasiática. La guerra en Ucrania y el sabotaje del sistema de gasoductos, como destaca Vighi, “cumplieron con el objetivo estratégico de EE.UU. de cortar la dependencia europea de la energía rusa”. Esta acción desplazó la presión del financiamiento desde el objetivo profundo de neutralidad en carbono hacia la industria armamentística. Según su análisis, “la militarización europea se da dentro de un sistema de deuda centrado en el dólar”.
Vighi prevé que la militarización occidental no hará más que intensificarse: el presidente Donald Trump ya ha pedido aumentar el gasto militar estadounidense a casi 1,5 billones de dólares — un shock económico excepcional, probablemente financiado con una nueva ley de emergencia nacional justificada por la seguridad del país.
Su análisis concluye con una observación reveladora: la transición ecológica de Europa parecía solo políticamente viable mientras se considerara que aumentaba la competitividad. La carrera armamentística es una extensión más natural del capitalismo de crisis — y quizás siempre lo ha sido.
En términos más generales, el sistema sigue ciegamente sus imperativos internos, mientras socava sus propias bases. El progreso tecnológico destruye la sociedad basada en el trabajo, que hoy está marcada por una emergencia perpetua y cada vez más anti-liberal.
Desde esta perspectiva, lo que los líderes europeos llaman guerra híbrida no es una crisis pasajera. Según Vighi, es “un estado generalizado y permanente del capitalismo financiero — una forma de movilización de deuda que prepara a la población para conflictos y a la vez normaliza la represión y la vigilancia”.
Priorizar la política de seguridad no refleja un despertar estratégico, sino solo “una retórica de recesión, que lleva de forma inexorable al sistema hacia su autodestrucción”.
En esta visión, la transición verde no fue un proyecto moral, sino una continuación operacional de la misma estrategia de gestión de crisis — un intento de canalizar la crisis hacia promesas futuras. Cuando fracasó, el sistema volvió a una solución más segura: la lógica eterna de la economía de guerra.
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