Groenlandia: una crisis que fractura la OTAN… y revela la ilusión de la «Unión» europea

 


Gastel Etzwane

La crisis abierta entre Estados Unidos, Groenlandia y Europa no solo pone a prueba la solidez de la OTAN. Sobre todo, revela una realidad más incómoda: Estados Unidos parece preocuparse poco por el futuro de la Alianza, y en cuanto a Europa, la palabra «unión» quizás nunca ha sido tan poco pertinente. Porque, frente a la tensión, cada uno defiende principalmente sus propios intereses.

Dentro de la Unión Europea, las posiciones difieren claramente.

Alemania e Italia ahora prefieren una estrategia de desescalada, guiada por el realismo económico, industrial y energético.

Por el contrario, Francia y el Reino Unido adoptan una postura cada vez más dura y más aislada, manteniendo un discurso de firmeza respecto a Rusia, mientras el resto del continente ajusta sus prioridades. Una ironía adicional: el Reino Unido, que salió de la Unión en un voto claro, aún se comporta como si siguiera formando parte de ella, alineándose políticamente con París y compartiendo una retórica ahora aislada.

Sobre todo, esa atención constante en Rusia desvía la atención del verdadero tema central del momento: la actitud de Estados Unidos hacia Groenlandia. Mientras que esta iniciativa de Washington es la que realmente ha provocado la crisis actual, París y Londres parecen, una vez más, mirar discretamente hacia otro lado, prefiriendo volver al discurso conocido de firmeza contra Moscú.

Hubo una excepción: una breve declaración del presidente Emmanuel Macron llamando a una unión de los países europeos frente a la actitud estadounidense. Pero esa declaración se perdió rápidamente, sin eco político, sin repercusión mediática, sin efecto tangible. Nadie la escuchó realmente, ni mucho menos la siguió.

Alrededor de este dúo franco-británico, muchos Estados miembros observan con cautela en silencio. Este mutismo no es casual: acostumbrados a depender de la protección estadounidense, evitan tomar posiciones que puedan molestar a Washington.

Es el caso, por ejemplo, de Polonia y los países bálticos — Estonia, Letonia y Lituania — para quienes la garantía de seguridad estadounidense sigue siendo esencial.

Se observa una prudencia similar en Rumanía y la República Checa, países profundamente integrados en el sistema de la OTAN y poco dispuestos a abrir un frente político con Washington.

Su prioridad está clara: no poner en peligro el paraguas de seguridad del que dependen, incluso cuando los intereses europeos están en juego directamente.

Una mención especial merece Dinamarca. Oficialmente aliado europeo, muchos observadores consideran que actúa como un eje central del poder estadounidense en Europa. La estrecha cooperación con los servicios de inteligencia de EE. UU., especialmente con la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) a través de infraestructuras danesas, alimenta la idea de que se trata de un país profundamente alineado con Washington.

Lo que plantea una pregunta incómoda: ¿protege a un aliado europeo o a una plataforma avanzada de Estados Unidos en el continente?

En definitiva, esta crisis dice menos sobre la inminente caída de la OTAN que sobre la profunda fragmentación de las solidaridades. Muestra una Europa desunida, donde la «unión» se diluye tras los intereses nacionales, donde los más belicosos se aíslan, y donde los demás optan por la prudencia o el silencio frente a Washington. Una imagen poco alagadora, pero muy reveladora, del estado real de las alianzas occidentales en la actualidad.

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