El Combate Cósmico y el Gran Frío Memoria y Solsticio Invernal en el renacimiento del mundo (Parte II)-

 





Grupo PYR.

https://circulopyr.substack.com?utm_source=navbar&utm_medium=web


En el anterior artículo, hemos repasado el poder que ejercían durante el solsticio de invierno, símbolos como la esvástica, el fuego y el árbol. Pero más allá de esta liturgia espiritual ígnea, el solsticio se dramatizaba frecuentemente como una agonía mítica. Nos referimos al motivo del Drachenkampf (el combate contra el dragón) o Chaoskampf (la lucha contra el caos), donde un dios celeste o un héroe solar se enfrenta a un monstruo serpentino de las simas más oscuras; y este es un arquetipo que hunde sus raíces en el sustrato protoindoeuropeo más profundo.

En el contexto invernal, la serpiente o el dragón no es un mero antagonista biológico, sino la encarnación de las fuerzas de la oscuridad, el frío y la entropía que amenazan con devorar al Sol. Sin embargo, su función es ambivalente: el dragón devora lo que debe morir y preserva lo que ha de renacer. Es la entropía sagrada, el agente de la disolución necesaria para el reinicio del cosmos.

Drachenkampf: un sacrificio purificador para el Héroe y el Cosmos

En la mitología védica, Indra aniquila a la serpiente Vṛtra para liberar las aguas cautivas; en la tradición nórdica, Thor libra su batalla final contra Jörmungandr. Aunque estos mitos no siempre aparezcan explícitamente vinculados al solsticio en los textos supervivientes, la estructura subyacente es idéntica: el Orden Cósmico se halla bajo asedio y requiere una intervención violenta y heroica para ser restaurado1.

Ilustración de Franz Stassen para Der Ring des Nibelungen. Sigfrido atraviesa al dragón Fafnir con Gram, la «espada iracunda» (del protogermánico gramaz: fiero, cruel). El acero forjado de nuevo ejecutando la victoria heroica sobre el caos.

La ontología de este conflicto se enmarca en la creencia de que la excelencia brota del combate (agón): el vencedor es asimilado a la Luz y al Bien, mientras que el vencido pasa a constituir la materia del mundo de las tinieblas. El dragón representa el Caos y la destrucción de la vida; la acción heroica de los dioses busca restituir la Justicia Cósmica (Dike/Rta) arrancándola de las fauces de la nada. No obstante, incluso tras la restauración solar, el dragón sobrevive en los confines del cosmos regenerado. Así lo narra la profecía de la Völuspa:

«Entonces viene el oscuro dragón, volando desde abajo, desde los montes de Niðafjǫll; lleva en sus plumas los cadáveres; Níðhǫggr vuela sobre los llanos, luego se hunde.»

El vuelo de Níðhǫggr —literalmente «el que muerde el deshonor» o «el que golpea con malicia» (níð + hǫggr)— marca la clausura del ciclo cósmico. Tras el Ragnarök y el renacimiento del nuevo mundo, la sombra aún sobrevuela el horizonte como un residuo o potencia latente de la disolución.

Es el eco de la noche primordial, que jamás desaparece del todo. La imagen de las «plumas llenas de cadáveres» expresa el ciclo de la corrupción material: la serpiente transporta lo muerto, lo pretérito, hacia las entrañas del abismo para ser purgado. En el lenguaje simbólico indoeuropeo, el dragón es el devorador de Kāla (“tiempo”, pero también “muerte”, “destino” y asociado a lo negro/oscuro)2. Su hundimiento final (þá søkkvask hann) no implica una destrucción definitiva, sino una reabsorción: el fuego oscuro retorna a su fuente, replegándose para preparar, desde el silencio, la siguiente aurora.

Roma, Saturnalia y el Sol Invictus

Mucho antes de que el 25 de diciembre se consagrara litúrgicamente en el calendario cristiano, la Roma republicana e imperial celebraba la Saturnalia, un festival que se erige como el modelo antropológico por excelencia de la «inversión social» y el caos regenerativo.

Catulo y las Saturnales: el poeta las llamó «los mejores días». Tiempo de libertad social e intercambio de dones —muñecas, velas y aves— en honor al dios del tiempo y la agricultura.

La Saturnalia no era una mera fiesta invernal; constituía una recreación teológica. Estaba consagrada a Saturno (homólogo del Cronos griego), deidad primordial que, según el mito, gobernó el Lacio durante la «Edad de Oro». En aquella era áurea, la humanidad desconocía el trabajo, la propiedad privada, la esclavitud y la guerra; la tierra fructificaba espontáneamente y los seres vivían en perfecta igualdad. El festival, por ende, era un intento ritual de disolver el tiempo histórico —el tiempo de hierro, labor y jerarquía— para regresar, aunque fuera efímeramente, a ese illud tempus de abundancia y libertad. Los aspectos más notables de la Saturnalia3 implicaban una subversión radical de las normas:

Inversión Jerárquica: La rígida estratificación romana se invertía. Los esclavos, liberados de sus obligaciones, vestían las ropas de sus amos, rehusaban órdenes e incluso eran servidos por ellos en banquetes suntuosos. Gozaban de total libertad de palabra (libertas decembris), pudiendo satirizar a sus dueños sin temor a represalias.

Suspensión Jurídica: Los tribunales cerraban sus puertas. No se podía declarar la guerra ni ejecutar penas capitales. Las escuelas cesaban su actividad y la toga formal era sustituida por la synthesis, una vestimenta colorida e informal.

Juego y Azar: Las severas leyes contra las apuestas se suspendían. Ciudadanos y esclavos jugaban a los dados en público por dinero, actividad normalmente proscrita.

Otro elemento central era la elección del Saturnalicius princeps (Príncipe de la Saturnalia). En cada hogar, los dados designaban a un «Rey» (frecuentemente un esclavo o niño) que emitía órdenes absurdas —cantar desnudo, bailar, insultar— que debían ser obedecidas por todos, incluido el pater familias. Esta figura es el antecedente directo del «Señor del Desgobierno» medieval y de los bufones carnavalescos.

El 19 de diciembre, día de la Opalia4, se celebraba el intercambio de regalos o sigillaria. Estos obsequios incluían velas de cera (símbolo de la luz que regresa), figurillas de terracota y muñecos. En el año 274 d.C., el emperador Aureliano oficializó el culto al Sol Invictus y estableció el 25 de diciembre como su Dies Natalis.

La fecha no fue arbitraria. En el calendario juliano, el 25 de diciembre marcaba el solsticio de invierno, el punto de inflexión astronómico. El simbolismo político era potente: al igual que el Sol renace invencible tras su declive, el Emperador y Roma renacerían de sus crisis contemporáneas5. Este culto se sincretizó fuertemente con el mitraísmo, religión mistérica persa inmensamente popular entre las legiones, que compartía los valores de lealtad, verdad y jerarquía, y cuyo dios, Mitra, también nacía en esta fecha sagrada.

Los Druidas y el Roble

Para los druidas, el solsticio exigía rituales de alta precisión botánica. Plinio el Viejo6 relata el rito de la recolección del muérdago (Viscum album). El roble, eje del mundo, pierde sus hojas en invierno y parece morir. El muérdago, siempre verde sobre sus ramas, era percibido como el «alma» o fuerza vital del árbol retirada durante el letargo; la esperma divina del roble. El ritual era solemne: un druida vestido de blanco cortaba la planta con una hoz de oro (metal solar incorruptible), recogiéndola en un manto inmaculado sin que tocara el suelo.

El Roble Sagrado y la Estirpe Cántabra. Considerados una tribu de esencia céltica, los cántabros —incluyendo al pueblo pasiego de los Montes de Pas— mantenían un profundo culto al bosque. El roble (Quercus robur) se erigía como símbolo central de esta devoción; un rito de naturaleza puramente céltica y nórdica que los distinguía de los territorios vascones limítrofes.

Además, la mitología celta y el folclore británico conservan la dialéctica entre el Rey Roble y el Rey Acebo, personificaciones de las mitades del año. El Rey Roble gobierna la mitad creciente (invierno a verano) y representa la expansión y la luz. El Rey Acebo en cambio, gobierna la mitad menguante (verano a invierno) y representa la introspección y la oscuridad7.

En el solsticio, el Rey Roble renace y derrota a su hermano Acebo, recuperando la soberanía. No es una muerte definitiva, sino una alternancia cíclica necesaria. Tradiciones como el Wren Day (Día del Reyezuelo) en Irlanda, donde se cazaba al pájaro del invierno, ritualizaban este triunfo solar8.

En Gales, la tradición de la Mari Lwyd («Yegua Gris») presenta un cráneo de caballo real, decorado y portado por un oculto operador, que recorre las casas entablando batallas de versos (pwnco) con los habitantes9. Si los moradores pierden el duelo poético, deben permitir la entrada de la Yegua (que trae la suerte del Otro Mundo) y agasajar al grupo.

El Invierno Eslavo y Báltico: troncos, cenizas y antepasados

En las regiones eslavas, el solsticio (KoliadaKoročun) se centra en el fuego regenerativo. En los Balcanes destaca la quema del Badnjak: un roble joven cortado ritualmente al amanecer, tratado como un invitado divino («Buenos días, Badnjak»), ungido con vino y grano, e incinerado en el hogar. Sus chispas presagian la prosperidad del año entrante.

La cena de Koliada es un rito de comunión total. Consta tradicionalmente de doce platos vegetarianos (granos, miel, frutos secos), alimentos asociados a los muertos. Se reserva comida para los antepasados o se les invita a la mesa, esparciendo paja en el suelo para propiciar la fertilidad de la tierra.

En Lituania y Letonia, el ritual del Blukio vilkimas implica arrastrar un tronco pesado (blukis) por la aldea. El madero actúa como una «esponja metafísica», absorbiendo las desgracias y males del año viejo. Al final del recorrido, se incinera en una hoguera comunal, destruyendo el mal acumulado y liberando la energía para el retorno del Sol.

La estructura social y órganica indoeuropea se articula bajo dos ejes fundamentales: uno vertical, definido por la ideología de las tres funciones (Soberanía, Guerra y Producción), y otro horizontal, compuesto por los cuatro círculos de pertenencia social (familia, aldea, clan y tribu).

El Yule germánico y las Doce Noches

El norte europeo enfrentaba Yule (Jól) con un temor reverencial aderezado de rituales de sangre. Jól es un término plural, indicando no una fecha aislada, sino una temporada sagrada segregada del tiempo profano. Y las «Doce Noches» (Zwölften, del 25 de diciembre al 6 de enero), marcando la muerte y el renacimiento del ciclo anual. Así, durante este periodo, la membrana entre el mundo de los vivos y el de los muertos se tornaba extremadamente tenue. Es el instante en que los espíritus y las fuerzas daimónicas10 (Dämonie), que Odín gobierna y representa, se manifiestan con máxima intensidad.

Un rito específico, documentado en la Saga Hervarar, era el heitstrenging o juramento solemne. En la víspera de Yule se introducía el Sonargöltr (Jabalí de la Expiación), animal consagrado a Freyr, señor de la fertilidad. Los guerreros posaban sus manos sobre las cerdas de la bestia y pronunciaban juramentos inquebrantables para el año venidero. Tras el sacrificio, la carne se consumía en el banquete sagrado. Este acto subraya el carácter vinculante del solsticio: es el momento en que se define el destino11.

Beda el Venerable señala que los anglosajones celebraban el inicio del año en la Modranicht («Noche de las Madres»), correspondiente a la Nochebuena. Esto sugiere la existencia de un culto doméstico a las Dísir o Matronas, diosas de la fertilidad y protectoras del clan, que equilibraban el carácter marcial y masculino de los ritos odínicos. Pues ha de quedar claro que el solsticio no es solo un combate contra la oscuridad; es también un parto cósmico:

«Mitos antiguos y leyendas eternamente jóvenes cuentan de esas tres madres que se sientan al pie del árbol del mundo e hilan los hilos de toda creación. La noche les pertenece: la celebramos —como nuestros antepasados— como noches de consagración. Descender hacia esas madres, como dijo un gran poeta, significa refugiarse en las raíces vivas de nuestro ser nacional, que hoy ha hallado un símbolo que abraza la tierra entera: el árbol radiante del mundo12

Sleipnir: El Corcel de los Nueve Mundos. Su nombre, derivado del nórdico antiguo sleipr («resbaladizo» o «escurridizo»), define su esencia mítica: «El Deslizador». A través del sufijo de agente -nir, Sleipnir se manifiesta como aquel que se desliza entre planos. Su raíz se halla en el protogermánico *slīdaną (origen del alemán schleifen), subrayando su capacidad única de transitar por donde otros no pueden.

Señor de los Ahorcados, Padre de los Muertos y Señor de Yule

Odín se erige como una deidad multifacética y central, cuyas funciones como dios de la soberanía, la magia y la guerra se entrelazan indisolublemente con el simbolismo del invierno, la noche y la muerte, preludiando el cataclismo del Ragnarök. La regencia de Odín sobre el ámbito de la muerte está atestiguada por dos principales epítetos:

Hangaguð —«Señor de los Ahorcados» o «Dios del Ahorcado»— constituye uno de los títulos más hondos y terribles de Odín13. Nos introduce en la dimensión sacrificial, mistérica y rúnica del dios, aquella en la que la sabiduría no se recibe, sino que se conquista mediante la muerte voluntaria.

El término procede del protogermánico *hanhaną (raíz indoeuropea *kenk-/*kenĝ-*: «colgar, suspender»), cognado del gótico hahan y el latín cōn-quinō. Filológicamente, el verbo implica no solo la acción física de suspender, sino también la de mantenerse entre dos estados, colgado entre la vida y la muerte. Hangaguð significa literalmente «el dios suspendido» o «el que domina la suspensión». Uno de los pasajes más importantes del Hávamál consagra esta función teológica:

«Sé que pendí del árbol que el viento mece, / nueve noches enteras, / herido por la lanza, entregado a Odín, / a mí mismo ofrecido, / colgado de aquel árbol del que nadie sabe de qué raíz nace.»14

El dios se ofrece a sí mismo (sjálfr sjálfum mér) en un acto de suprema autoinmolación. El ahorcamiento simboliza la suspensión entre mundos: la renuncia al cuerpo y al aliento vital para penetrar el secreto de las runas, es decir, de las leyes cósmicas grabadas en el tejido del ser. Odín muere y renace en el mismo acto: la cuerda del ahorcado es el cordón umbilical que lo liga al Árbol Cósmico.

El sacrificio humano por ahorcamiento, atestiguado por Adam de Bremen en el templo de Uppsala, no era un castigo penal, sino una consagración. El cuerpo suspendido imitaba al dios que cuelga del árbol del cosmos; su alma se ofrecía al guð hangaða, al señor que domina la suspensión y la muerte voluntaria, renovando el pacto entre el cielo y la tierra.

El Hangaguð es así el dios del conocimiento obtenido por la muerte autoimpuesta. Odín no enseña; se inmola. No revela las runas; las conquista. El ahorcamiento es, en sentido profundo, la aniquilación de la individualidad profana: el alma suspendida hasta reconocerse idéntica al Orden Cósmico. Por eso el dios se ofrece «a sí mismo, a sí mismo»: no hay otro altar que el propio ser. Este gesto sagrado expresa la doctrina tradicional del sacrificium interior: el ofrecimiento del yo mortal al principio inmortal.

«Entonces recogí las runas, / clamando las tomé; / de allí caí luego abajo.»15

El Gran Acecho: Sköll y Hati. En la cosmogonía indoeuropea, el movimiento de los astros es una huida. Sköll, el burlador traicionero, y Hati, el odiador eterno, son los nombres de la sombra que persigue a Sól y Luna. Su victoria final marcará el inicio del Ragnarök, el momento en que las fauces del lobo consuman la luz para posteriormente dar paso a la regeneración del mundo.

Si Hangaguð nos revela al Odín del sacrificio interior, Valföðr —«Padre de los Muertos», o más precisamente, «Padre de los Caídos en batalla»— nos descubre su faceta como soberano del destino heroico y arquitecto de la eternidad marcial. Este epíteto no solo define su función psicopómpica, sino su rol como progenitor espiritual de aquellos que abrazan la muerte con coraje. En este nombre convergen la filología, el mito y la metafísica rúnica, desvelando la doctrina central de la escatología nórdica: la muerte no es un final, sino una transmutación divina.

El término Valföðr se compone de valr («los muertos en combate») y faðr («padre»). El primer elemento deriva del protogermánico walaz, procedente de la raíz indoeuropea *welH-: «golpear, herir», pero también «escoger, seleccionar» (cognado del sánscrito var/vṛ).Esta distinción es capital: valr no designa a los muertos indiscriminados, sino a los escogidos, aquellos que han caído cumpliendo su örlǫg (destino) heroico. Odín no es el padre de los cadáveres, sino el señor de la estirpe gloriosa de quienes han ofrendado su vida al fuego ritual del combate. Como tal, su paternidad no es biológica, sino iniciática: engendra el renacimiento del guerrero en una esfera superior.

Odín posee la potestad de discernir quiénes deben morir. Las valquirias (valkyrjur, «las que eligen a los caídos») son las ejecutoras de esta voluntad soberana.

«Él decide la victoria, pero las valquirias deciden quién será tomado.»16

El dios guía el curso de la guerra no hacia la victoria material, sino hacia la consagración espiritual de los combatientes. Al morir, el guerrero es acogido en el Valhalla («Salón de los Caídos»), donde se integra en los Einherjar, la «Hueste Única o Elegida». Este ejército es metafísico: los muertos no descansan, sino que se entrenan perpetuamente para el combate final del Ragnarök.

Que Odín sea faðr de estos muertos significa que él reconoce su valor y les concede la inmortalidad heroica. Morir en combate es, en la cosmovisión nórdica, entrar en la familia espiritual del dios tuerto. Valföðr no reina sobre las sombras exangües de Hel, sino sobre heroicas almas secas —que diría Heráclito—; esto es, aquellos que conservaron la pureza ígnea de su alma en el momento de tránsito a la muerte, mediante el acto más ardiente y decisivo: la muerte en combate17.

Por último, la simbiosis entre Odín y el solsticio no se entendería si no hablásemos de la principal de sus funciones en este contexto. Como hemos señalado anteriormente, el aspecto más sobrecogedor del solsticio germánico es la Cacería Salvaje (Wilde Jagd). Según las tradiciones populares, es durante las «Doce Noches» y bajo su hipóstasis de Jólnir18 (Señor de Yule») cuando Odín encabeza una procesión fantasmal de jinetes, perros espectrales y espíritus que cabalga el cielo entre tormentas.

El Culto a Odín y el Origen de la Realeza. La estirpe de los reyes germánicos halla su raíz en el carácter sacro de las hermandades masculinas. En este orden ritual, la Männerbund no solo es una fuerza de combate, sino el núcleo místico donde la figura de Odín legitima el poder soberano a través del rito y la iniciación guerrera.

Existe un vínculo etimológico y metafísico importante entre el Fimbulþulr (el Gran Sabio que analizamos anteriormente) y el Fimbulvetr19 —el «Gran Invierno» que preludia el Ragnarök—. Ambos comparten el prefijo arcaico Fimbul-, que no significa simplemente «grande», sino que denota lo numinoso, lo monstruoso, lo abisal; aquello que excede la medida humana y pertenece al orden de los gigantes y del antiguo caos primordial. El Gylfaginning describe el Fimbulvetr no como un fenómeno meteorológico, sino ontológico. Es el invierno que asesina al tiempo lineal:

«Llegará el invierno llamado Fimbulvetr. La nieve caerá desde todos los puntos cardinales; habrá grandes heladas y vientos cortantes; el sol no impartirá calor. Tres inviernos pasarán juntos, sin verano entre ellos.»

Este evento marca el colapso del orden cósmico. Los lazos de sangre se rompen («los hermanos lucharán y se matarán entre sí»), la moral se disuelve y la tierra deja de producir. Es la regresión al hielo primordial del Ginnungagap. Para la mentalidad nórdica arcaica, cada solsticio era un micro-Fimbulvetr: un momento de peligro mortal donde el Sol agonizaba y el mundo amenazaba con congelarse para siempre. Odín, bajo la máscara de Jólnir, asume el mando de este tiempo de crisis. Como líder de la Cacería Salvaje20, Jólnir no se refugia del invierno; se funde con él. Cabalga los vientos huracanados que caracterizan tanto el tiempo de Yule como al Fimbulvetr.

Pero además su procesión espectral tiene una función catártica. Al liderar a los espíritus furiosos desde los cielos, Jólnir canaliza las fuerzas del caos en una furia ordenada y ritualizada. Se podría decir que oficia un ensayo anual del fin del mundo en cada Yule, garantizando que la rueda gire una vez más y que así el solsticio sea un punto de inflexión y no el final definitivo. Sin embargo, Odín sabe —porque es Fimbulþulr o «El Sabio Supremo» y ha bebido de Mímir— que llegará un solsticio que no tendrá amanecer: el Fimbulvetr.

Bajo esa perspectiva, su función como Jólnir adquiere una valencia doble y trágica: preservar el Orden Cósmico, luchando cada invierno para traer de vuelta a Sól y mantener encadenado al lobo Fenrir y prepararse para el final reclutando a los Einherjar21 —«los del único ejército»—, para cuando el Fimbulvetr sea real y definitivo.

Así, mientras el hombre común se resguarda junto al fuego temiendo que la luz no regrese, Odín cabalga en la oscuridad exterior, convirtiéndose en parte de la tormenta para dominarla. En el rito de Yule, invocamos a Jólnir no solo para celebrar el retorno de la luz, sino para honrar al dios que vigila la frontera del hielo eterno, posponiendo, mediante su magia y su furia, la llegada del invierno sin fin.

Wōðanaz y la Cabalgata del Trueno. La tradición europea conserva en su lengua la memoria de la Cacería Salvaje. Ya sea como la «cabalgata del trueno» (Oskoreia) o como el «ejército de la furia» (Wuotanes Heer), estos nombres describen la irrupción de lo sagrado en la noche de invierno. Es el despliegue del wōd (furor), donde la hueste de los muertos y los guerreros en trance cabalgan bajo el mando del soberano de Asgard.

La Cacería Salvaje y las Männerbünde

Pero el ejército espectral, conocido como Wuotanes her, no debe entenderse como un mero fenómeno meteorológico, sino como un presagio de catástrofe, guerra y purificación. Avistar la Cacería no era un evento trivial; exigía protección inmediata y propiciación mediante ofrendas22.

El paso de la Asgardsreið23 cumplía una función ritual dual que amalgama el culto a los muertos y la fecundidadJól es la conmemoración de los ancestros, y las leyendas del Ejército Furioso son el reflejo narrativo de rituales arcaicos ejecutados por hermandades de hombres (Männerbünde). Estos iniciados, en el plano terrenal, actuaban como el doble de los einherjar celestes. Pese a su terror, la llegada de la horda era esperada, pues se creía que su frenesí extático despertaba las fuerzas latentes de la naturaleza, fomentando la fertilidad de los campos y rebaños24.

Al ceñirse la máscara de la bestia, el iniciado trascendía su humanidad para convertirse en un ancestro mítico o un depredador divino. Ostentaban el derecho de saquear ritualmente y de imponer un orden violento pero regenerador. Los desfiles modernos de Krampus25 (Krampuslauf) son la supervivencia domesticada de estas bandas extáticas, donde la violencia controlada —espectadores fustigados con ramas— actúa como una inoculación de vitalidad y un recordatorio del caos que acecha extramuros de la civilización.

Las Dos Caras de la Señora Invernal. Frau Holle y Perchta representan la unidad de una misma soberana germánica. Mientras que Holle, la «Señora Benévola» (hulþaz), rige sobre el favor y el orden del hogar, Perchta, «La Brillante» (berhtaz), encarna la blancura de la nieve y la luz renovada del solsticio. Juntas, inspeccionan la Tierra durante las Doce Noches, actuando como guardianas del ciclo agrícola y la justicia ritual en el corazón de Europa.

La investigación del académico Otto Höfler resulta capital para comprender este fenómeno no como folclore fosilizado, sino como una institución cultual viva. Höfler interpreta las Doce Noches como un tiempo de transición liminal donde las Männerbünde reactualizaban el mito. Las pruebas que aporta son contundentes: la restricción del fenómeno a fechas fijas descarta la explicación meteorológica e indica una tradición litúrgica. Asimismo, los relatos de ofrendas y robos de alimentos se interpretan como el ejercicio de un sakraler Stehlrecht (derecho de robo sagrado) por parte de los iniciados.

En Alsacia se dice que, durante esos días, el Ejército Salvaje ruge con mayor ferocidad. En Suabia, en el norte de Alemania y en Baviera, las leyendas repiten el mismo patrón: en esas noches invernales, la hueste espectral desciende a los caminos, a los bosques, a los tejados mismos, como si reclamara un tributo que el mundo debe entregar antes del renacimiento solar. Johann Praetorius, en sus Saturnalia, lo resume con una fórmula inquietante: «En la Sagrada Navidad, Diana engendra con su furioso ejército de guerra». Y en otro pasaje describe a Frau Holle regresando a su montaña de caballos cuando los Reyes cierran el ciclo navideño, como si la gran tejedora del destino viniera a reclamar las almas que aún vagan despiertas26.

El último de esos doce días, la Epifanía, se percibe como el punto álgido: la hueste atraviesa la tierra, visible para quienes conservan todavía la mirada antigua. En Noruega e Islandia la procesión recibe el nombre de Jolaskreid o Jolasveinar, los “muchachos de Navidad”: un eufemismo que oculta su verdadera naturaleza, la de un Seelenheer, un ejército de almas.

El Caso de Thieß: El Hombre Lobo de Dios

Höfler también invoca el testimonio de Olaus Magnus (s. XVI) sobre hombres transformados en lobos (Werwölfe) que se reunían en Navidad para cometer actos violentos y beber cerveza. Esto no es leyenda, sino un testimonio directo de las prácticas de las hermandades que encarnaban al Ejército Furioso. Gracias a las pesquisas del filólogo Olof von Feilitzen en Uppsala, salieron a la luz documentos judiciales bálticos que amplifican de forma brutal el trasfondo arcaico de estas fechas: el proceso, en 1691, contra un anciano de Livonia llamado Thieß, quien confesó sin titubeos ser un hombre lobo27.

«Randgríðr y Ráðgríðr y Reginleif sirven cerveza a los einherjar. Estas se llaman valkirias. Odín las envía a cada batalla; ellas eligen la muerte para los hombres y gobiernan la victoria.» Grímnismál.


En el tribunal de Jürgensburg, ante unos jueces atónitos, Thieß no se limitó a aceptar la acusación de licantropía. Fue más lejos: declaró que él y otros hombres lobo descendían al «infierno» en determinadas noches del año —entre ellas, la noche de Santa Lucía, inmediatamente antes de Navidad— para arrebatar a unos «brujos» la fertilidad robada a los campos. No hablaba en metáforas, sino con descripciones reales: espigas de trigo, granos, animales y pescado, todos arrancados por estos malvados hechiceros y llevados a un lugar subterráneo bajo los pantanos de Lemburg. Allí, los hombres lobo irrumpían como una banda sacra y salvaje para recuperar la «bendición» y devolverla a la tierra.

La escena que reconstruyen sus declaraciones combina lo animal con lo divino. Thieß narra cómo se desnudaban en el bosque y se ceñían pieles de lobo para correr como jauría salvaje. Asegura que el Diablo detesta a esos hombres lobo, a los que intenta fustigar con látigos de hierro como si fueran perros, pues se atreven a despojarle del botín que los magos le han entregado. Los verdaderos servidores del Mal, insiste el anciano, son los brujos; los hombres lobo actúan, en su lógica, como los «perros de Dios», defensores de la comunidad popular campesina. Thieß admite sin vacilar las actividades de los hombres lobo, pero de inmediato recalca: «¡Todo lo que ellos, los hombres lobo, hacían, redundaba en beneficio de los humanos!». Llama la atención que, pese a esta insistencia, no niega ni atenúa las acciones violentas28.

Durante la noche de Lucía —considerada en la tradición nórdica como la bisagra oscura del ciclo— se libra una batalla invisible por la fertilidad del mundo. Los «hechiceros» conducen las fuerzas fecundadoras al inframundo, amenazando con la esterilidad; los hombres lobo, hermandad extática sagrada, descienden a ese abismo para recuperar la semilla vital y dispersarla de nuevo sobre el pueblo. El relato livonio conserva un matiz primitivo y brutalmente concreto sobre la muerte y la regeneración cósmica. No hay aquí una diosa elegante que desciende, sino la propia «flor del grano» tratada como botín de guerra entre bandos sobrenaturales.

No resulta descabellado interpretar estas luchas como el eco degradado de antiguos rituales invernales: simulacros de combate, procesiones de espíritus y figuras femeninas («novias de Lussi») que recorren las casas. Todo apunta a un mismo arquetipo: en el corazón del invierno, mientras el Sol agoniza, la comunidad recrea y asegura —a través del mito y del rito— el regreso de su fuerza desde las profundidades.

Que a finales del siglo XVII un anciano mendigo afirmase ante un tribunal cristiano que los Tierkrieger29 «trabajan para que haya buena cosecha» revela hasta qué punto el imaginario pagano del solsticio seguía vivo en ciertos lugares de Europa. Detrás del hombre lobo proscrito y nocturno se intuye al guardián primordial de la comunidad, un aullido extático al servicio de la luz. En esa paradoja —lobos que descienden al inframundo para rescatar la fertilidad del mundo— se refleja la lógica esencial del solsticio: en la noche más honda, la vida desciende a los abismos más profundos para poder renacer.

Werwolf / Hombre-lobo: Compuesto del germánico occidental wer («varón/hombre», como en wergeld) y wulf («lobo»). Aunque se debate su conexión con vargr («proscrito»), la filología mayoritaria confirma el sentido de «hombre-lobo», el guerrero que trasciende su forma humana.

Todo ello converge en una intuición profunda: el Ejército Furioso no es un mero fantasma del folclore, sino el palpitar ancestral del inicio invernal en el territorio europeo. Este irrumpe allí donde la luz vacila, donde el orden se deshace, donde la comunidad, sin saberlo, revive un drama ancestral: en el corazón del invierno, mientras el sol agoniza y renace, las huestes de nuestros muertos atraviesan los cielos y campos para recordarnos que el mundo —para mantenerse— debe ser sacudido. Que antes de toda creación hay estruendo y conflagración. Y que, sin esta cabalgata heroica y salvaje, el solsticio perdería su dimensión más importante: la certeza de que sólo renace lo que antes ha descendido a las hondas raíces de la existencia.

1

Sorprendentemente, las tradiciones japonesas arcaicas ofrecen paralelismos estructurales reveladores. La diosa solar Amaterasu se retira a una cueva, sumiendo al universo en las tinieblas, y debe ser atraída hacia el exterior mediante rituales de risa y espejos. Este mito resuena poderosamente con la necesidad europea de «llamar» al Sol de vuelta, de invocar la luz desde el abismo.

2

En textos como el Bhagavad‑Gītā (11.32), Krishna se identifica con Kāla, “destructor de mundos”, y en la tradición puránica Kāla aparece como aspecto de Yama que marca el final del ciclo vital. En la Rāmāyaṇa (Uttara Kāṇḍa), Kāla se manifiesta como mensajero que anuncia a Rāma el término de su reinado, actuando como necesidad/inevitabilidad más que como simple personificación psicológica.

3

Macrobio (Saturnalia, s. V d.C.), Marcial (epigramas libros XIV).

4

Dedicado a Ops, diosa de la abundancia.

5

Historia Augusta (Vida de Aureliano, c. 30), Ammiano Marcelino (22.4).

6

Historia Natural, XVI, 95.

7

Royal Botanical Gardens. The Everlasting Battle of the Oak King and Holly King. De: https://www.rbg.ca/the-everlasting-battle-of-the-oak-king-and-holly-king/

10

La palabra “demonio” proviene del griego antiguo δαίμων (daímōn), que originalmente designaba a un ser divino menor, un genio o espíritu intermedio entre dioses y humanos, con connotaciones neutras o incluso positivas (como inspiración o guía del destino). Su significado actual en el cristianismo, que lo asocia con un espíritu maligno, difiere sustancialmente de su concepción original, presente en autores como Homero y Platón.

11

Saga Hervarar ok Heiðreks (capítulo 10). La costumbre moderna de consumir jamón en Navidad podría ser un eco secularizado de este antiguo rito.

12

Plassmann, J. O. Ancestral Inheritance.

13

HávamálYnglinga saga VII. Gautreks saga VII. SigrdrífumálGylfaginning.

14

Hávamál, estrofas 138–139.

15

Ibidem.

16

Edda menor, Gylfaginning 36.

17

Kirk, G. S. Heraclitus and Death in Battle.

18

Jól, del protogermánico jeulą (posible raíz PIE *yek- / yel- “dar vuelta”, “girar en ciclos”). Así, Jólnir “El Señor de Jól”, “El Regente del Ciclo Invernal”, pero también: “El Señor del Gran Retorno Solar”.

19

Fimbul “poderoso, enorme, terrible”, del nórdico antiguo fimbul, protogermánico fimbluz (posible raíz indoeuropea: \\*pem- “aplastar, devastar” o \\*bheh₂- “golpear violentamente”). -vetr “invierno”, del protogermánico wintruz, PIE \*\*wend- “agua, humedad fría”, luego “invierno”.

20

El análisis etimológico del término nórdico, que probablemente está vinculado a la Åsgårdsrei o Cacería Salvaje, revela una composición de dos raíces del nórdico antiguo. La primera parte, Ósk-, deriva de ósk, que significa “deseo”, “petición” o “anhelo”, con un origen que se remonta a la raíz protogermánica *\*ubh-/\auskō (”desear” o “pedir”). La segunda parte, -rei-, proviene de reið, que se traduce como “cabalgata”, “montura” o “viaje a caballo”, conectada con el verbo ríða (”montar”, “cabalgar”) y, en última instancia, con el protogermánico *\rīdananą (”viajar en vehículo”).

Se infiere que la palabra original incluye un sufijo, lo que sugiere formas como rei(n)a o una variante dialectal noruega compuesta como oskureina u oskoreia. Las interpretaciones comunes de la forma compuesta, como oskoreia, incluyen significados como la “Cacería ruidosa de Åsgard”.

21

Einherjar es un término proveniente del nórdico antiguo que se compone de ein- (”uno, único, solo”) y herjar (plural de herji, que significa “ejército” o “hueste guerrera”). Su significado literal se interpreta como “ejército de uno” o “guerreros solitarios”. En el contexto de la mitología nórdica, los Einherjar son los héroes que han muerto valientemente en batalla, cuya alma es recogida por las valquirias para ser llevada al Valhalla, donde se preparan y entrenan para el gran evento final, el Ragnarök.

22

Höfler, Otto (1934): Kultische Geheimbünde der Germanen.

23

Ásgarðsreið: del nórdico antiguo ás (”dios”) y -garðr (”recinto”), literalmente “el recinto de los dioses”, con -reið (”cabalgata”), refiriéndose a la “Cabalgata de Ásgarðr” o la “Cacería Salvaje” de Odín durante Yule.

24

Diversas culturas indoeuropeas vinculan el invierno profundo, y especialmente el solsticio, con el tránsito de almas y la renovación cósmica, un período liminal de fuerte conexión con el mundo de los muertos. Esta visión se observa en la India (śītala rātri y los Pitṛs), Grecia (cortejo invernal de Dioniso), Roma (Lemures y Feralia), el mundo Celta (Sluagh en Samhain) e Irán (Fravashi en Hamaspathmaedaya), donde el vagar de los muertos precede a la regeneración universal.

25

Krampus es una figura del folclore alpino centroeuropeo (Austria, Baviera, Alpes eslavos), demonio cabruno compañero de San Nicolás que castiga a niños desobedientes en diciembre.​ El nombre “Krampus” proviene del alemán medio krampen, que significa “garra”, “garfio” o “zarpa”, y que a su vez se deriva del protogermánico krampaz (”gancho” o “corva”) y de la raíz indoeuropea gerbh- (”rascar” o “arañar”). El sufijo expresivo duplicativo -p + -us enfatiza este significado, resultando en “el de garras/garfios”, una clara alusión a sus cuernos, pezuñas y a las cadenas que utiliza. La terminación -us es una influencia latinoide, posiblemente resultado del contacto eclesiástico medieval en los dialectos bávaros.

26

Höfler, Otto (1934): Kultische Geheimbünde der Germanen.

27

Ibidem

28

Ibidem.

29

En el contexto del antiguo mundo germánico, particularmente durante la época de las migraciones (Völkerwanderungszeit), el término Tierkrieger designa a aquellos guerreros que adoptaban una identificación ritual con animales salvajes y feroces, típicamente lobos u osos. Estos combatientes son la base de lo que en las sagas nórdicas se conocería como los berserkers.

Literalmente, el término significa “guerreros-animal” o “combatientes bestiales” y se remonta al arquetipo indoeuropeo de los kóryos. Esta clase se caracterizaba por rituales de transformación, que a menudo incluían vestir pieles de animales o beber sangre, para entrar en un estado de furia o frenesí (wut), siendo así los precursores de los famosos berserkir y úlfheðnar escandinavos.


Commentaires

Posts les plus consultés de ce blog

Adiós, Zelensky

El nuevo mundo de las potencias, de Gérard Dussouy

Alemania: elecciones en tiempos decisivos.