Geopolítica de la India en el siglo XXI

Daniele
Perra
Tras décadas
de no alineamiento, la política exterior india, especialmente con la llegada al
poder de Narendra Modi, ha realizado un giro decisivo con la nueva afirmación
de una diplomacia económica (“Made in India”) y la estrategia de “Look East,
Act East”. Nueva Delhi, de hecho, busca nuevos espacios de maniobra, tanto a
nivel regional como global, para consolidarse como un actor fundamental en su
idea de evolución multipolar.
La política
india en la era postcolonial estuvo dictada por un imperativo sencillo: plena
independencia y soberanía. En este sentido, el no alineamiento en el esquema
dicotómico de la Guerra Fría resultaba fundamental para alcanzar ese objetivo.
Además, cabe recordar que, aunque Nehru era percibido como demasiado cercano a
la Unión Soviética, Estados Unidos tampoco dejó de cortejar a la India, al
tiempo que forjaba una alianza con el rival Pakistán. Por otro lado, la
política exterior de Nueva Delhi fue casi inmediatamente marcada por la
rivalidad con la China comunista, país que tampoco pudo evitar acercarse a
Pakistán, sobre todo después del conflicto sino-indio de 1962 (quizás el evento
más traumático en la historia reciente del estado subcontinental). Es
innecesario decir que esto determinó desde el principio un sentimiento de cerco
en el espíritu indio, lo que llevó a los pensadores más influyentes de la
nación a considerar a la India como una especie de isla (más que península)
dentro del vasto continente euroasiático. El subcontinente está, de hecho, casi
separado del resto de Eurasia por el vasto sistema montañoso del Himalaya al
norte; mientras que, al este, al oeste y al sur, es el Océano Índico el que
determina sus fronteras.
Con el fin de
la Guerra Fría, la política de no alineamiento fue superada por una forma de
multilateralismo orientada a modificar el funcionamiento del Consejo de
Seguridad de la ONU y a promover una asignación más justa de los recursos y del
poder a nivel global. Este factor llevó a la propia India a colaborar con su
rival histórico (China, antes incluso que Pakistán, considerado un apéndice de
la primera) en diversas organizaciones internacionales, desde los llamados
BRICS hasta la SCO.
El siglo XXI
se ha caracterizado por un enfoque más pragmático en la política internacional.
El objetivo fundamental era (y sigue siendo) la plena integración de la India
en la economía global y la búsqueda de un papel más activo en el campo de la
cooperación internacional. Los pilares de las relaciones exteriores indias son
tres: a) la economía y el comercio; b) la seguridad interna ante diversas
amenazas (yihadismo, grupos secesionistas maoístas y otros); c) la estrecha
interconexión entre política doméstica y exterior.
En lo que
respecta al primer punto, la diplomacia económica de “Made in India”, “Start Up
India” o “Digital India” está orientada principalmente a hacer del país un
“hub” continental en el campo de la manufactura y la tecnología (la India tiene
también un papel considerable en la exploración espacial) gracias al énfasis en
acuerdos bilaterales y la cooperación regional. El comercio está dirigido en
primer lugar hacia Asia Occidental, África, la UE y Estados Unidos. Más
complejas, sin embargo, siguen siendo las relaciones con los vecinos
inmediatos, aunque también en estos casos existen (y están bastante
desarrolladas) relaciones comerciales con Nepal, Bangladesh, Myanmar, Bután,
Sri Lanka y Maldivas, donde la presencia china crece continuamente. Además, hay
que considerar que la región de Asia Meridional, aunque es una de las que crece
económicamente de forma más rápida a nivel global, sigue siendo bastante
inestable políticamente. Es una de las que tiene una de las poblaciones más
jóvenes (basta pensar en los aproximadamente 22 años de edad media en Pakistán)
en comparación con el resto del mundo; y es una de las regiones más
militarizadas del planeta.
En este
contexto, países como Nepal y Bután dependen estrechamente de la evolución de
las relaciones entre India y China. En 2025, en cambio, se asistió a un rápido
deterioro de las relaciones entre India y Bangladesh. País que,
paradójicamente, debe su propia independencia a la India, pero que corre el
riesgo de materializar lo que es de hecho la pesadilla estratégica de Nueva
Delhi: un eje Pakistán-China-Bangladesh. En julio de 2025, de hecho, se produjo
el fin del régimen de la Awami League, seguido de varias condenas a muerte,
incluida la de su líder Sheikh Hasima. A esto le siguió una decisiva apertura
del país bengalí hacia China. Bangladesh no sólo tiene una posición estratégica
crucial en el Golfo de Bengala –posición que Pekín busca explotar para evitar
el Estrecho de Malaca–, sino que el mantenimiento de buenas relaciones con él
es fundamental para Nueva Delhi tanto en términos de control de la inmigración
ilegal y de las infiltraciones yihadistas en territorio indio, como para el
pleno control sobre el delicadísimo corredor de Siliguri: una estrecha franja
de territorio que conecta el este de la India con el resto de la Unión.
Pero es el
Océano Índico el área de mayor relevancia estratégica para la India. Por aquí
transita un tercio del comercio internacional y dos tercios del comercio
petrolero. Y en sus extremos se encuentran al menos tres puntos de
estrangulamiento determinantes para la economía marítima global: el Estrecho de
Malaca, el Canal de Mozambique y el Estrecho de Ormuz (protagonista en la
actual fase de conflicto entre la República Islámica de Irán y el binomio
EEUU-Israel).
Aquí, en
tiempos recientes, la India ha tenido que lidiar con la reducción de su
influencia y el aumento de la influencia china en Maldivas; un sistema de islas
que además del valor turístico posee también uno estratégico, dada su
particular posición a medio camino entre los mencionados estrechos de Ormuz y
Malaca.
Antes de
continuar, sin embargo, es necesario abrir un breve paréntesis histórico. En el
siglo XIX, el poder y la tecnología no estaban distribuidos equitativamente a
nivel global. Esto permitió a países relativamente pequeños en términos
demográficos y territoriales (Inglaterra, Bélgica, sólo por citar algunos)
llegar a controlar casi la totalidad del mundo. El siglo XXI, en cambio, con el
retorno preponderante de la demografía como factor de acción y poder, ha
invertido radicalmente los esquemas del pasado. Países como China e India (pero
también Nigeria, Indonesia, Pakistán, Brasil, etc.) sienten la necesidad de
ocupar un papel mayor en el plano internacional y, sobre todo, de demostrar que
la modernización no es sinónimo de occidentalización y que incluso el
capitalismo puede asumir formas distintas.
En este
contexto evolutivo, la India ha tratado de actuar en el plano de la política
exterior con una mezcla de idealismo y pragmatismo, buscando tanto autonomía
estratégica, como un renovado compromiso en los escenarios internacionales. La
India, en otras palabras, está tratando de proponerse como “proveedora de
seguridad” en el contexto del Océano Índico y del Asia central, meridional y
sudoriental. Ahora bien, la India unida tiene una historia particular y fruto
de las lecciones del pasado. La india es una historia de sucesión de reinos
diferentes, a menudo en lucha entre sí, que en muchos casos terminaron
favoreciendo a los invasores; por ejemplo los mogoles, dinastía imperial
musulmana, proveniente de Asia Central, que durante siglos fue la única capaz
de mantener unido el subcontinente.
Con el fin de
la era colonial, la India tuvo que reconstruir su propia imagen. En 1954 se
firmó con la República Popular China, que había tomado el control del Tíbet,
una declaración en cinco principios: a) respeto de la soberanía y la integridad
territorial recíprocas; b) no agresión y/o interferencia en los asuntos ajenos;
c) igualdad recíproca; d) cooperación basada en el mutuo beneficio; e)
coexistencia pacífica. Esto no impidió llegar igualmente al enfrentamiento
abierto en 1962, con Pekín ocupando una parte relevante del territorio indio.
A este
respecto, hay que recordar que para Nehru la acción militar era el último
recurso. En su opinión, era ineficaz para resolver los conflictos. El líder
indio veía en el futuro de Asia una división en diversas federaciones
construidas en torno a distintos “Estados civilizatorios”. La India,
obviamente, era uno de ellos. Sin embargo, debía afrontar el enorme riesgo de
seguridad ligado a tener en ambos lados poblaciones musulmanas bastante
numerosas. Su idea de no alineamiento lo llevó a rechazar decididamente la
participación en cualquier tipo de alianza militar. A pesar de ello,
precisamente en 1962, la India buscó apoyo en EEUU y el Reino Unido contra
China. En 1971, en cambio, llegó el Tratado de amistad y cooperación con la
Unión Soviética, preludio de la relación especial que Nueva Delhi (con altos y
bajos) mantiene aún hoy con Rusia; uno de los principales proveedores de energía
y material militar del estado subcontinental.
Esa relación
ha sido puesta en duda en varias ocasiones tanto por los teóricos del Hindutva
ligados al actual partido en el poder (el BJP de Narendra Modi) como por el
reiterado cortejo de Estados Unidos, que culminó con la declaración de amistad
y sociedad estratégica de 2015, después de varias décadas en las que Washington
acusaba a Nueva Delhi de falta de coherencia estratégica, y después de que los
propios EEUU intentaran obstaculizar la llegada al poder de Modi mediante el
amplio uso de ONG afines o el intento de dividir el frente populista apoyando
al Aam Aadmi Party.
La
declaración fue el producto de un nuevo enfoque estratégico norteamericano; el
llamado “Pivot to Asia” orientado a involucrar a la India en la contención de
China. Según Washington, sólo participando en una alianza “occidental” la India
podría alcanzar verdadera grandeza; y sólo explotando su naturaleza “insular”
(de estado separado del resto del continente) proyectándose hacia el mar como
nueva potencia talasocrática. La India, de hecho, parece poseer todos los
criterios que ayudan al desarrollo de una potencia marítima según el almirante
norteamericano Alfred T. Mahan (1840-1914): 1) posición geográfica particular;
2) configuración física del territorio; 3) extensión del territorio y
disponibilidad de recursos militares; 4) población numerosa; 5) carácter y
calidad de la población; 6) carácter/actitud/calidad del gobierno.
Nueva Delhi,
en consecuencia, debería aplicar al Golfo de Bengala y a parte del Océano
Índico su propia Doctrina Monroe, favoreciendo el desarrollo y crecimiento de
la marina militar y fomentando, al estilo indio, una proyección de poder basada
en primer lugar en la cooperación en tiempos de paz.
A la luz de
esto, hay dos datos que deben subrayarse: 1) la India, de hecho, se ha
convertido en potencia nuclear no tanto para asustar a su vecino Pakistán, sino
para tener una forma de disuasión frente a China; 2) la India ya tuvo una
tradición talasocrática en el pasado, vinculada al Imperio Tamil y a la
dinastía Chola (un verdadero imperio marítimo que expandió su influencia por
todo el Océano Índico y el sudeste asiático). No es casualidad que los teóricos
nacionalistas indios sueñen con una “Gran India” que se extienda desde el río
Indo hasta el río Mekong. Una visión que los acerca, de alguna manera, al
diseño bíblico del sionismo: el “Gran Israel” extendido entre los ríos Nilo y
Éufrates. Los primeros teóricos del Hindutva (término que significa
“indianidad”) no dejaban de expresar su solidaridad con el diseño sionista en
el Próximo Oriente. Solidaridad dada sobre todo por el común desprecio hacia el
islam. La indianidad se basa fundamentalmente en el rechazo del islam y la
aceptación de las únicas religiones propiamente indias: hinduismo, budismo y
sijismo. Este tipo de enfoque hostil hacia el islam llevó a estos mismos
teóricos a abrazar la idea de que el islam, como religión ajena al
subcontinente, era incluso peor que el colonialismo británico. Las secuelas de
este modelo ideal persisten aún hoy. El actual primer ministro, Narendra Modi,
por ejemplo, siendo gobernador de Gujarat, fue protagonista de verdaderos
pogromos contra la población musulmana de la región. Mientras que las
relaciones entre el Likud israelí y el Bharatiya Janata Party siguen siendo más
que óptimas. Tanto que la India, siempre en una óptica de contención china y de
la llamada Nueva Ruta de la Seda, parece dispuesta a tener un papel
protagonista en la alternativa “Ruta del Algodón” o IMEC (India-Middle East
Corridor) que debería permitir a Israel expandir su influencia sobre el Océano
Índico a través de las monarquías del Golfo.
Mucho más
interesantes en el pensamiento indio moderno son las consideraciones de Swami
Vivekananda (1863-1902), precursor de la idea de India como “Estado
civilizatorio” y de las reflexiones de algunos exponentes del movimiento
nacionalista indio anticolonial, desde Sri Aurobindo hasta el propio Mahatma
Gandhi. Vivekananda también es considerado como un reformador del hinduismo y
de la aplicación de los valores religiosos a la política. La plena
independencia, desde su punto de vista, sólo puede alcanzarse siguiendo el
camino del karmayoga (de una acción que nunca se aparta de un sistema preciso
de principios). El Vedanta, en particular, puede ser útil para comprender la
política exterior y sobre todo se presenta como fundamento de la idea
multipolar india en cuanto predica la unidad en la multiplicidad. Algo que
puede encontrarse fácilmente también en la tradición cultural y religiosa de
China. Además, no se puede olvidar lo contenido en el Arthashastra (término
traducible como “ciencia de la administración política” o “compendio de asuntos
mundiales”) de Chanakya (375-283 a.C.), considerado como una especie de
Maquiavelo indio, aunque vivió mucho antes que el científico político italiano
ante litteram. Aquí, de hecho, se encuentra lo que es el principio guía de la
política india (obviamente inspirado por las Upanishad): “la verdad es una,
pero existen diversos caminos hacia ella”.
Sobre estas
bases, el multipolarismo indio contemporáneo se interpreta como un conjunto de
potencias responsables hacia fuera y no esclerosadas por el mero control
interno. Hay una especie de rechazo de lo que se define como “autismo en las
relaciones internacionales”. En este contexto, la India debe actuar en varios
frentes.
Nehru
consideraba a la URSS como agente de estabilidad al norte de las fronteras
indias. De Asia Central provienen la mayoría de los suministros energéticos
indios. La estabilidad de esta región es fundamental y, junto a ella, las
relaciones con Moscú. Por ello, el colapso de la URSS fue considerado también
en la India como una catástrofe geopolítica. Y por esa razón, en la actualidad,
Nueva Delhi ha rechazado el sistema de sanciones occidental impuesto a Rusia
tras la intervención directa de ésta en el conflicto civil ucraniano. Lo mismo
ocurre con otro proveedor de recursos para Nueva Delhi, Irán. Con Rusia e Irán
se está construyendo el llamado North-South Transport Corridor que debería
transportar dichos recursos a los puertos indios precisamente a través de
Rusia, Asia Central e Irán. La India necesita una Asia Central estable para
permitir un flujo energético igualmente estable que garantice el sustento de su
crecimiento económico. Al mismo tiempo, siempre ha impulsado la solución
diplomática al asunto nuclear iraní y ha apoyado (aunque con cierta dosis de
ambigüedad) la tesis de que un ataque militar a Irán tendría un efecto
devastador (como de hecho ocurrió) en la región (más de cinco millones de
indios viven en los países del Golfo Pérsico) y en la economía global. La India
es el cuarto consumidor global de petróleo. Necesita recursos considerables a
precios bajos y no puede seguir las ideas occidentales en este campo, pese a
que tampoco faltan presiones internas. Y resulta “curioso” que los principales
compradores de petróleo iraní (Corea del Sur, Japón, Taiwán, China, Turquía y
la propia India) sean en parte también aquellos que tienen “créditos” frente a
Estados Unidos. Es bastante evidente, entonces, que Washington intenta
desarticular este tipo de relaciones para que esos países compren mayores
cantidades de hidrocarburos provenientes de Estados Unidos (una operación muy
similar a lo ocurrido en Europa precisamente con la crisis ucraniana).
Igualmente
curioso, sin duda, es el hecho de que entre los “halcones” del actual partido
de gobierno hay quienes consideran a Rusia un enemigo de la India o quienes
abogan por el uso de la frontera con China (cada vez más militarizada) como
cabeza de puente en caso de un ataque occidental terrestre contra la República
Popular. Otros, además, impulsan un incremento en la ya fuerte y bien
desarrollada relación con Japón para una simple acción de contención china en
dos frentes. La relación con Rusia es completamente particular, pues no son
pocos quienes consideran esta relación como un mero producto de las amistades
personales de Nehru en los primeros años de vida del Estado postcolonial. Hasta
hoy, tales relaciones siguen siendo fluctuantes (a pesar de la firma de un
acuerdo de sociedad estratégica en 2000), sobre todo debido a la apertura del
gobierno Modi hacia Estados Unidos y su búsqueda de diversificación en el
ámbito de los suministros militares. Rusia, por su parte, ha mejorado notablemente
la relación con Pakistán tras los problemas de los años 80 del siglo pasado
ligados al conflicto afgano.
Precisamente
Afganistán se ha transformado rápidamente en teatro de la rivalidad entre
Pakistán e India. La huida de Estados Unidos del país fue vista como una
victoria pakistaní, con Islamabad capaz de construir una profundidad
estratégica en el Estado vecino. En realidad, los problemas nunca del todo
resueltos en relación a las fronteras y a los respectivos nacionalismos
(pakistaní y afgano) han llevado a un enfrentamiento abierto, también por el
hecho de que Islamabad se presenta como obstáculo para la construcción de
relaciones comerciales entre India y Afganistán promovidas por el gobierno
talibán de Kabul.
La estrategia
del “look East”, a su vez, sigue siendo uno de los fundamentos de la política
exterior india. Esta se habría desarrollado incluso en cuatro fases a lo largo
de más de un milenio. La primera fase es la implementada por el ya citado
Imperio Chola; la segunda fase fue llevada adelante por el Imperio Mogol;
mientras que la tercera fase se inició durante la Guerra Fría, con el
desarrollo de una relación particular que todavía perdura (sobre todo en
términos de contención china en el Mar de China Meridional), entre India y
Vietnam (India llegó a apoyar a Vietnam durante el conflicto entre este y los
Jemeres Rojos camboyanos, apoyados a su vez por China y Estados Unidos).
La cuarta
fase ha comenzado desde los años 90 y ha culminado con la idea del “act East”
del actual gobierno Modi, orientada a la mejora de las interconexiones viales y
comerciales para proyectar la influencia india en el sudeste asiático a través
de Myanmar y Tailandia. Sin embargo, persisten los temores de que una apertura
excesiva pueda aumentar los riesgos de infiltración dentro de las fronteras
indias de la delincuencia organizada transnacional involucrada en el tráfico de
drogas, armas (con consecuencias evidentes en términos de lucha contra las
milicias secesionistas o islamistas) y de seres humanos.
En cualquier
caso, una cooperación más estrecha con Myanmar permitiría el potencial
aprovechamiento de los inmensos recursos de ese país (más de tres mil millones
de barriles de petróleo, sin considerar el gas), víctima demasiado tiempo de
una inestabilidad política también dirigida desde fuera. Proyectos interesantes
en este sentido son el Corredor Económico Mekong-India, vinculado a una mayor
cooperación entre India y el grupo ASEAN, y el trilateral
India-Myanmar-Tailandia.
La India, en
conclusión, aspira a un verdadero papel de liderazgo del sur global a través de
la cooperación y la diplomacia económica que el propio gobierno Modi ha puesto
como fundamento de su línea estratégica. En este sentido es importante subrayar
también la diferencia entre los conceptos de “vecindad”, que India aplica a su
proximidad geográfica, y el de “periferia”, a su vez aplicado por Estados
Unidos a Sudamérica o por Rusia al espacio exsoviético y que implica el uso de
instrumentos militares (como a menudo ha ocurrido en ambos casos) para
(re)afirmar su supremacía. India y China en esto son bastante similares; en el
sentido de que ambos utilizan la cooperación internacional y su participación
dentro de algunas organizaciones (BRICS, SCO o el AIIB – Asian Infrastructure
Investment Bank) para desarrollar y mejorar sus relaciones bilaterales con
vecinos inmediatos y no.
A pesar de ello, no faltan ambigüedades dentro de la visión multipolar india de la era Modi. Esta, de hecho, a diferencia de la china (que considera la seguridad y la economía asiáticas como absolutamente dependientes de los propios asiáticos sin ningún tipo de influencia extra-continental), sigue ligada a una idea que parece más inspirada en el uni-multipolarismo huntingtoniano, donde a un poder económico global más compartido se contrapone la superioridad tecnológica y militar incontestada de una única potencia: siempre Estados Unidos.
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