Desinformación: el jabón milagroso de los Estados modernos

Cuando la comunicación se vuelve más importante que la
realidad
Por @BPartisans
Ronald Lauder, presidente del Congreso Judío Mundial y
heredero del imperio Estée Lauder, quizá acaba de hacer una de las confesiones
más reveladoras de nuestra época. Según él, Israel estaría siendo bombardeado
permanentemente por “cohetes de desinformación” provenientes de TikTok, CNN, la
BBC, periódicos, fotógrafos y, evidentemente, de todo aquello que no esté
validado directamente por los servicios de comunicación del Estado hebreo.
Se pronunció la palabra mágica: desinformación.
Es el nuevo jabón milagroso de los poderosos. Antes, los
gobiernos invocaban a Dios, la civilización o la razón de Estado. Hoy invocan
la desinformación. Un simple enjuague semántico y las críticas se convierten en
operaciones hostiles, las investigaciones pasan a ser campañas de propaganda y
los hechos incómodos se transforman en narrativas enemigas.
Lauder va incluso más allá. Reclama una estructura dedicada,
con un presupuesto de mil millones de dólares, que asocie a Israel, la diáspora
y los servicios de inteligencia para llevar a cabo una guerra permanente de
comunicación. Según él, el Mossad y el Shin Bet deberían movilizarse en esta
batalla para contraatacar “cada hora de cada día”.
Una propuesta fascinante. No responder a las acusaciones
mediante investigaciones independientes. No demostrar los hechos ante las
jurisdicciones competentes. No producir más transparencia. Sino organizar una
contraofensiva mundial contra quienes divulgan información incómoda.
Porque ahí está el verdadero núcleo del problema.
Desde hace meses, las acusaciones sobre la conducción de la
guerra en Gaza no provienen únicamente de activistas en las redes sociales.
Figuran en informes de Naciones Unidas, en los trabajos de la Comisión
Internacional Independiente de Investigación de la ONU, en procedimientos ante
la Corte Internacional de Justicia, en informes de organizaciones
internacionales de derechos humanos y en investigaciones de numerosos medios
occidentales.
Estos documentos existen.
Se pueden cuestionar. Se pueden refutar. Se puede debatir
sobre sus conclusiones. Pero hacerlos desaparecer bajo la etiqueta universal de
“desinformación” es más un reflejo político que una argumentación.
Lo que llama la atención en las declaraciones de Lauder es
este mecanismo ahora tan familiar: los testimonios se vuelven sospechosos, las
fotografías se consideran manipulaciones, los informes se tildan de mentiras y
las víctimas se convierten en elementos de comunicación.
Al final de este proceso, ya no quedan hechos. Solo quedan
relatos en competencia.
Lo más inquietante es que esta lógica ya ni siquiera intenta
establecer la verdad. Busca que la verdad sea imposible de establecer. Cuando
todo es desinformación, nada es verificable. Cuando toda crítica se convierte
en propaganda, ya no se puede exigir ninguna responsabilidad.
George Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad encargado
de reescribir el pasado. Nuestras democracias posmodernas han encontrado algo
más elegante: financian ejércitos de comunicadores encargados de reescribir el
presente.
El escándalo ya no es lo que ha ocurrido. El escándalo es
que aún se atreva uno a hablar de ello.
Quizá ahí resida la verdadera tragedia de nuestra época. La
moral ha desaparecido detrás de la comunicación. El derecho internacional se
desvanece detrás del marketing político. Los hechos son reemplazados por
narrativas, las pruebas por consignas.
Y cuando la comunicación se convierte en un arma de guerra,
la palabra “desinformación” deja de designar una mentira.
Se convierte en un permiso para negar la realidad.
@BPartisans
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