Revolución nacional, europea, mundial.

Cristi Pantelimon
En los años 80, reviviendo los acontecimientos de los años
30 con la llegada legal al poder de Hitler, el gran jurista alemán Carl Schmitt
se preocupaba, entre otras cosas, por los métodos mediante los cuales los
Estados o los regímenes constitucionales pueden defenderse de estas
"revoluciones" ("derrocamientos") legales. Al concepto
clásico de legalidad, reforzado por el de legitimidad, Schmitt le añade, tomado
del jurista francés de orientación liberal Maurice Hauriou ("Précis de
droit constitutionnel", 1929), el concepto de “Supralegalidad”. La
supralegalidad es una disposición que prohíbe o hace muy difícil el cambio del
régimen constitucional de un Estado. La observación de Schmitt, según la cual
incluso los revolucionarios profesionales, los anarquistas, necesitaban el
concepto de Estado (escrito con mayúscula) para instaurar su nuevo orden dentro
de él, muestra la importancia del Estado para el mundo moderno, que aspira a
ser global/universal.
Un ejemplo de institución de la Supralegalidad es el
Tribunal Constitucional, con el que, por ejemplo, Hauriou no estaba de acuerdo.
Ahora tenemos un caso que implica una Revolución Nacional de
este tipo, con la participación del Tribunal Constitucional. La pregunta es:
¿se defiende realmente el Estado rumano en este momento mediante los
instrumentos de la supralegalidad (el Tribunal Constitucional), o, por el
contrario, está teniendo lugar un golpe de Estado legal, es decir, una
transición de un orden global/globalista a un orden universal con otros genes
cromosómicos?
En la época en que escribía Carl Schmitt existía la
tentación de una Revolución Mundial Global ("Legale Weltrevolution");
como en los años de entreguerras, el temor de Schmitt era que esta revolución
global fuera una globalista/universalista, en la que los pueblos adoptarían el
rostro indefinido del Hombre, de la Humanidad. Los presupuestos no eran muy
alentadores: en Occidente, EE. UU.; en Oriente, la URSS; las dos superpotencias
que ya entonces (1978) tenían suficientes inclinaciones globalistas (sobre todo
la primera) y que dividían el mundo en dos bloques con aspiraciones universalistas.
Es interesante que Schmitt ponga junto a estas dos superpotencias también a
China, nuestro cliente de hoy, que continúa la revolución legal global, ¡aunque
esperamos que en otra lógica!
¿Europa? Podría haber sido una unidad, mediante una revolución
europea, con una condición: ¡que Inglaterra dejara de ser una isla! Pero Europa
estaba entonces, como ahora, parasitada por las fuerzas del globalismo
a-nacional. Escuchemos a Carl Schmitt, actual, demasiado actual:
"Las fuerzas y poderes políticos mundiales que luchan
por la unidad política del mundo son más fuertes que el interés europeo por la
unidad política de Europa.
Incluso algunos 'buenos europeos' ya sólo ven la unidad
política de Europa como un producto secundario (o incluso un producto residual)
de una unidad política global de nuestro planeta.
Las energías revolucionarias que tienden hacia una
revolución mundial son más fuertes y activas que la tendencia hacia una
revolución europea, hoy casi inimaginable.
La legalidad de una revolución europea requeriría la
existencia de un patriotismo europeo, para poder conducir a una asamblea
constituyente en el sentido de la tradición constitucional continental-europea.
Esto, sin embargo, aún puede imaginarse, si Inglaterra ya no
quiere ser una isla."
¡He aquí nuestro problema actual!
Por lo tanto, nuestra revolución interna, después de 2024,
puede encaminarse, a través de la supralegalidad del Tribunal Constitucional,
ya sea hacia la revolución europea patriótica, o hacia el globalismo europeo y
más allá, mundial, que nos preparará la gran y definitiva contradicción
política del “Fin de la Historia”, es decir, el Hombre genérico, apolítico,
quien, como indica Carl Schmitt, a pesar de toda su aparente unidad, es la suma
de todas las discriminaciones posibles en el orden jurídico y político.
Escuchemos de nuevo al gran jurista:
"La Humanidad, en su conjunto y como tal, no tiene
ningún enemigo en este planeta. Todo hombre pertenece a la humanidad. Incluso
el delincuente, al menos mientras vive, debe ser tratado como hombre; y si está
muerto, igual que su víctima, ya no existe. Entonces simplemente desaparece,
igual que sus víctimas fallecidas.
Hasta entonces sigue siendo, bueno o malo, un hombre, es
decir, un portador de derechos humanos.
'Humanidad' se convierte así en un concepto asimétrico. Si
dentro de la humanidad se produce discriminación y al negativo, al dañino o
perturbador se le niega la cualidad de hombre, entonces el hombre valorado
negativamente se convierte en un no-hombre y no-persona, y su vida deja de ser
el valor supremo.
Su vida se convierte en un no-valor que debe ser eliminado.
Conceptos como 'hombre' contienen así la posibilidad de la
desigualdad más profunda y se vuelven, por ello, 'asimétricos'.
Por tanto, el hombre de la Humanidad que ya no corresponde a
la revolución globalista es un Nadie, pierde por completo cualquier rastro de
legitimidad como ser socio-político. Se convierte en un no-hombre.
La revolución globalista sólo puede existir como la perfección
utópica de una definición que se niega a sí misma con la primera manifestación
real de vida social..."
En este contexto, la época en que escribe Schmitt es aquella
en la que, más allá de las dos superpotencias industriales (EE. UU.–URSS), se
buscaba un camino intermedio, o alternativas de desarrollo asimilables a
espacios definidos no en términos global-universalistas, sino zonales.
Es mérito del economista francés François Perroux
(1903-1987), a quien Schmitt cita mucho al comienzo de su estudio, el haber
buscado tales alternativas zonal-nacionales frente a la gran presión del
globalismo económico, originado sobre todo en el ámbito anglosajón. Cabe
señalar de paso que Perroux estaba familiarizado con la energía económica de la
Alemania de Hitler, que había estudiado, una Alemania que, en una de sus
vertientes, precisamente buscaba una salida del laberinto económico anglosajón
de entreguerras.
Mientras tanto, después de 1945, la problemática de la
industrialización vuelve a ser objeto de atención de los economistas en el
contexto del bipolarismo soviético-estadounidense.
La industria es reconocida por Carl Schmitt como el nuevo
Nomos de la Tierra: “Cujus industria, ejus regio, o cujus regio, ejus
industria”, escribirá Schmitt. La idea está clara: la Tierra y la industria son
el binomio de oro de la territorialidad, no sólo la tierra como elemento
agrícola.
Hoy, con China como estandarte del Nuevo Mundo Global,
debemos reflexionar nuevamente sobre estos aspectos. Aparentemente, China ya
está comprometida en el camino de una revolución legal mundial sin ingredientes
globalistas. Éste es el aspecto más importante de la nueva época. Rusia no
puede ser de otra manera. Los Estados Unidos de Trump no tienen opción...
La industria volverá a ser la fuerza motriz de los Estados.
Al mismo tiempo, se hace obligatoria la Revolución Nacional, Europea y Mundial
contra el Globalismo, como último factor de desagregación política y
civilizatoria.
Desde hace un siglo vivimos el mismo cambio, que debe
detenerse – para completar a Xi Jinping.
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