La pérdida del orgullo sexual

 


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La diosa Artemisa, Diana para los romanos, era una virgen cazadora y protectora de las doncellas que habían alcanzado la edad de nueve años, quienes formaban parte de su séquito. Existía la prohibición absoluta para cualquier hombre de verlas desnudas cuando se bañaban en arroyos salvajes o en lagos tranquilos. Acteón, educado en la caza por el centauro Quirón, las sorprendió durante una jornada de caza en el bosque mientras se bañaban, por lo que la diosa, para castigarlo, lo transformó en ciervo, de cazador en presa, y sus propios perros (mastines y galgos) lo despedazaron, al no reconocerlo debido a la fatal transformación.

Como es sabido, los mitos del pasado conservan a lo largo de los siglos la capacidad de explicar lo que ocurre en el alma humana; pudiendo así contribuir a darnos una idea precisa incluso de lo que se nos presenta hoy como una emergencia social, como la cadena de (llamados) feminicidios, que se repiten con regularidad; algo que, de otro modo, sería incomprensible sin puntos de referencia sólidos. Y aunque se pretenda achacarlos a un patriarcado inocente, provisto de una coartada sólida por su ausencia en el “lugar del crimen”, debido a su desaparición y extinción en el mundo actual, es evidente que se lo llama en causa por meros motivos ideológicos y para asestar un golpe definitivo a la familia tradicional.

En todo caso, habría que invertir los términos del problema, porque es justamente por la desaparición de la sociedad patriarcal —capaz de transmitir mitos como el de Diana y Acteón— que se asiste, pese a las declaraciones y apariencias, al actual desprecio por la mujer, a su mercantilización, a su uso con fines materiales y degradantes, habiendo desaparecido toda prohibición y vínculo moral anteriores: desde la publicidad hasta la pornografía, desde profesiones inverosímiles hasta la imposibilidad de seguir siendo madres y esposas. En la civilización anterior, pero también en nuestro mundo de anteayer, así como hoy en aquellas sociedades que aún conservan rasgos tradicionales, el respeto por la mujer era absoluto, su defensa era prioritaria, y continuos y repetidos actos de caballerosidad (¡hoy ridiculizados!) marcaban las relaciones entre hombres y mujeres.

Por otro lado, la cultura de la vida celebra y exalta a quien da la vida, mientras que la cultura de la muerte, en cambio, desprecia y ataca todo lo que remite a la vida, al amor y a la procreación. Ya en el lenguaje de los amantes, este vínculo “para toda la vida” es uno de los temas más frecuentes, poniendo el enamorado —es propio decirlo— su vida en manos de la amada. Por un lado, la angustia por la pérdida, por otro, la necesidad de eternización, señalan claramente el miedo a que esa unión pueda terminar. Y, una vez comprendido esto, no resulta difícil atribuir a la actual inestabilidad y falta de consistencia de los lazos afectivos (“¡el cuerpo es mío y hago con él lo que quiero!”) el desenlace destructivo al que pueden ser llevados hombres descentrados y faltos de autocontrol: dignos hijos del mundo moderno.

Toda relación amorosa, si es auténtica y no un mero vicio o pasatiempo, no puede sino considerarse eterna, exenta de cualquier separación futura. De ahí la necesidad de posesión, garantizada por la fidelidad y defendida por los celos. Y esto ocurre y tiene sentido más allá y por encima de consideraciones burguesas banales. Y la sola idea de que esa mujer pueda traicionar o irse con otro representa, sobre todo para el hombre actual desvirilizado, una fractura mortal, capaz de dañar la integridad del ser, que precisamente en la relación afectiva encuentra una confirmación.

El orgullo garantizado por la condición de felicidad y de compartir, gracias a la posesión absoluta del otro ser, complementario y definitorio, en el momento en que es humillado y puesto en duda por esta privación repentina, convierte el amor en odio, exigiendo su propia destrucción, para ser aliviada o sanada, la eliminación y el asesinato de quien ha traicionado.

Por ello, una vez que uno se da cuenta de que ha confiado su propio destino existencial y su equilibrio interior a algo inestable y cambiante, sería necesario un esfuerzo de reacción y un control sobre los impulsos a los que normalmente se obedece, cosa que el hombre común no tiene. El orgullo masculino y el amor propio, de hecho, no pueden basarse en una posesión ficticia, sobre la cual no se tiene poder efectivo y cuya perpetuidad no se puede garantizar.

El trascenderse a sí mismo —lo que además daría a la experiencia erótica perspectivas más elevadas y dignas— sería el único medio disponible y realmente útil para escapar a este círculo vicioso de enamoramiento, apego y pérdida; es decir, el impulso a valer por poseer, y la tendencia a salir de sí mismo en la unión sexual, al igual que en la experiencia heroica. También porque el agua, privada de un recipiente o vasija que le dé forma, puede convertirse en un peligro mortal, llegando a provocar el ahogamiento de quien, indefenso, se expone a sus remolinos letales.

En el mito antes mencionado, se ha querido ver en Acteón el intelecto o la capacidad racional más elevada del hombre, su constante aspiración a la Verdad, que intenta captar, es decir, conocer, la Sabiduría divina o la Verdad, y así, por su identidad con ella, tiende a contemplar la Belleza divina. Pero el desenlace trágico parecería indicar la insuficiente cualificación del “cazador” para apropiarse de la “presa”. Ofreciendo así una lección adicional: para que las empresas más elevadas tengan éxito y el Conocimiento se adquiera definitivamente, es necesario actuar con ánimo puro, sin impurezas ni obstáculos del yo. Porque la pureza fortalece mientras que la impureza debilita. La pureza construye y la impureza destruye. La pureza edifica y la impureza fragmenta.

El vicio y el vigor no tienen nada en común: verdad desconocida para tantos portadores de una virilidad de fachada, para los brutos sentimentales, los feroces egoístas, los insensibles aprovechados. La pureza es fuerza, salud, poder y carácter. Es uno de los atributos divinos más importantes en el hombre, y bastaría poco para devolverla a la luz, recuperando finalmente el orgullo de ser Hombre.

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