Alemania en la tormenta: una mala época para Berlín

 


Gastel Etzwane

Alemania atraviesa una etapa especialmente difícil a principios de junio de 2026. En los ámbitos diplomático, económico, político y de seguridad, se acumulan las señales de alerta, dibujando el retrato de un país debilitado, cuya influencia y estabilidad están siendo sacudidas. Todo ello en un contexto en el que sus decisiones estratégicas, especialmente su compromiso con Ucrania y la confrontación con Rusia, parecen cada vez más costosas.

Un revés histórico en la ONU

Por primera vez en su historia, Alemania fracasó el miércoles 3 de junio de 2026 en obtener un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Solo consiguió 104 votos de 190 emitidos, muy lejos de los dos tercios necesarios, y fue superada por Portugal (134 votos) y Austria (131 votos) para los dos escaños europeos disponibles para el período 2027-2028. Este inédito desaire, después de seis mandatos previos exitosos, constituye un gran revés diplomático para Berlín y pone en entredicho su influencia en el escenario multilateral internacional.

Una protección estadounidense en retroceso

Este revés diplomático se produce justo cuando Estados Unidos, bajo la administración Trump, parece estar reduciendo su implicación en Europa. Según Politico, el Pentágono está a punto de cancelar un proyecto para enviar misiles Tomahawk a Alemania, por temor a una escalada percibida por Rusia. Este espectacular giro respecto a un acuerdo firmado bajo Biden se inscribe en una dinámica más amplia: anulación del envío de miles de tropas adicionales a Alemania y retirada progresiva de ciertos activos militares del continente europeo. Alemania, que consideraba estos despliegues imprescindibles para su seguridad, se encuentra así más expuesta.

Represión de la oposición y límites de la democracia

En el ámbito interno, el gobierno del canciller Friedrich Merz (CDU, en el cargo desde mayo de 2025) enfrenta el ascenso de la AfD, principal partido de la oposición. Las autoridades multiplican las medidas de vigilancia, la clasificación como “extremista de derecha” y los llamamientos a una posible prohibición del partido. Esta estrategia, que busca marginar democráticamente a millones de electores, evidencia los límites rápidamente alcanzados del sistema político alemán frente a la contestación popular. Un fenómeno que también se observa en Francia, donde una parte de la oposición es regularmente demonizada.

Una economía en apuros

Por último, la situación económica es catastrófica. Tras dos años de recesión, Alemania tuvo que revisar drásticamente a la baja sus previsiones de crecimiento para 2026 (reducidas a alrededor del 0,5%). La histórica dependencia energética, agravada por la guerra en Ucrania y las sanciones contra Rusia, sigue pesando considerablemente. La industria alemana, pilar de su modelo, sufre por la pérdida de competitividad y los elevados costes energéticos. Rusia, por su parte, resiste mejor de lo previsto; ahora son los Estados Unidos los que parecen querer “poner fin a los gastos” en Europa.

¿Una reflexión sobre el compromiso en Ucrania?

Ante esta acumulación de dificultades, aislamiento diplomático, retirada estadounidense, represión interna y estancamiento económico, cabría esperar que las autoridades alemanas (y francesas, alineadas en la misma dirección) reconsideraran su apoyo incondicional a Ucrania y su postura de confrontación con Rusia. Sin embargo, no hay señales de tal giro. Como si el interés superior del país y el bienestar de la población quedaran relegados a un segundo plano, detrás de consideraciones ideológicas, atlantistas o europeas.

Alemania, motor histórico de Europa, parece hoy atrapada en la trampa de elecciones estratégicas costosas. Esta “mala época” podría bien marcar un punto de inflexión: aquel en el que Berlín tendrá que elegir entre mantener una línea dogmática y preservar su poder real. Francia, que comparte muchas de estas orientaciones, haría bien en observar atentamente las consecuencias antes de que sea demasiado tarde.


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